Crisis del trabajo, precariedad extendida y renta garantizada


Sandro Gobetti e Luca Santini

Se ha difundido entre la población una sensación de incertidumbre sobre el futuro, la percepción de haber dejado atrás una clasicidad rota. La crítica o la desafección afectan a la mayoría de las fuerzas políticas tradicionales del continente europeo. Ante un delino social que despierta creciente reocupación, la sensación de que nos encontramos en una época intermedia es fuerte.

Es imposible hablar de la crisis europea sin hacer referencia a la crisis de la sociedad salarial. Todas las opciones políticas del siglo pasado, tanto la liberal como la liberista, las progresistas, socialistas, comunistas o socialdemócratas, incluso las más radicales, han de facto puesto el trabajo en el centro de la sociedad, han hecho de él un eje-motor del desarrollo y por ende del bienestar económico, pero también de la emancipación de las masas y de los individuos. El trabajo, concebido como trabajo asalariado, incluso en las economías del llamado “socialismo real”, era el fulcro alrededor del cual pivotaba y se fundamentaba toda la constitución material de la sociedad. Alrededor del sujeto trabajador, en virtud de su determinada posición social, se construían todos los derechos de naturaleza individual y colectiva, que protegían y valorizaban su específico rol de productor.

Hasta hace unos pocos decenios era legítima la expectativa de entrar en la vida social encontrando un puesto de trabajo digno y razonablemente estable a lo largo de la vida, con progresiones de carreras programadas y con una cierta coherencia entre recorrido formativo y empleo. El trabajo, verdadero eje principal del sistema, se ubicaba exactamente en el centro del sistema social, como un anillo de unión entre lo público y lo privado: relativamente a la esfera pública, el trabajo era la contribución que el sujeto ofrecía al bienestar colectivo aún quedando, en la esfera privada, un medio de autorealización puramente individual. La centralidad del trabajo asalariado estaba además reafirmada por unas políticas públicas orientadas a alcanzar el objetivo del pleno empleo. Para cerrar el sistema se había construido un sistema de seguridad social capaz de neutralizar los riesgos que podrían haber puesto en peligro la capacidad de la prestación laboral: desempleo, enfermedad, mayor edad, cargos familiares. La centralidad del trabajo asalariado y el conjunto de las protecciones que de él se generaban, constituían un auténtico corpus de regulaciones compacto que, con toda razón, podemos definir clásico. Se trataba de un verdadero modelo, el que, precisamente, se halla comúnmente bajo el nombre de modelo social europeo.

El primer fenómeno de desempleo masivo y la crisis de la sociedad asalariada

La época post-clásica hace su debut a partir de los años Ochenta, momento en el que en Europa se materializa por primera vez después de la posguerra el fenómeno del desempleo de masa. El shock petrolero y el arranque de una transformación industrial a larga escala sacaron a flote el problema de un exceso masivo y estructural de oferta de trabajo; esto impactó mucho a los contemporáneos, y los intérpretes más reconocidos no dudaron en entender las implicaciones de fondo que el hecho de retirarse del trabajo comportaba.

Efectivamente la tasa de desempleo en la Europa de la posguerra había sido durante mucho tiempo y constantemente muy bajo. En los países que componían la Comunidad Económica Europea, el desempleo en 1960 era de aproximadamente de un 2,5% de la mano de obra, con diferencias territoriales que iban desde un porcentaje inferior al 1% en Alemania occidental, o de un 1,5% en Francia o poco superior al 5% en Italia [1]. En 1970 la tasa media de desempleo seguía en un 2,5% mientras que a partir de 1975 se nota un incremento vertiginoso de la tasa de desempleo que primero sube a un 4,1% y, con una lenta subida, llega hasta un 5,8% en 1980, a un 6,9% al año siguiente y a un 8,1% en 1982, hasta alcanzar un pico del 9,3% en 1987. En los años a seguir hubo una recuperación parcial de la ocupación aunque, como es conocido, no se volvieron a repetir las extraordinarias performance económicas de los años Cincuenta y Sesenta. Tras la parcial recuperación de los primeros años del siglo XXI, el decenio se ha cerrado con la más grave crisis económica y de la ocupación desde los años Treinta, y como consecuencia la tasa de desempleo ha alcanzado en la zona euro el inédito umbral del 10,9% (después de alcanzar un pico del 11,8%).

Es interesante volver a leer cual fue en los años Ochenta la reacción de los intérpretes y de los estudiosos cuando por primera vez se asomó el fenómeno del desempleo que hoy es recurrente (y mucho más grave que por aquel entonces). Al contrario de lo que pasa hoy, no se subestimó el problema ni tampoco se tuvo fe en una recuperación milagrosa que como por arte de magia devolvería el ciclo económico a los niveles precedentes a la crisis. La percepción del desempleo como síntoma de la ruptura de equilibrios clásicos irrepetibles era, en cambio, muy clara; y era fuerte, por ende, la invitación a construir ex novo los cimientos del pacto social.

Ralf Dahrendorf, por ejemplo, hablaba de un nuevo desempleo que, con respecto al de los años Treinta,­­ tenía como característica específica que los desempleados se habían tornado superfluos. Nos encontrábamos pues muy lejos de la situación de escasez a la que Keynes intentaba poner remedio a través de una intervención pública en la economía, una subida de los sueldos y una reactivación de la demanda. El desempleo de los años Ochenta caía en una situación de abundancia, así que a los ojos de un liberal como Dahrendorf el riesgo de que se llegara a formar una sociedad cristalizada en tres grupos recíprocamente segregados e incomunicados era real: un 10% de la población empleada en posición de mando, un 80% de clase obrera asalariada en el medio y un 10% restante de sub-clase de desempleados en la base. ¿Qué hacer con este grupo de marginados? ¿Cómo salir de un empasse que ponía en peligro la democracia? El análisis llega al terreno de la utopía, el estudio pide que se diseñe un futuro en discontinuidad con el pasado: “la sociedad del trabajo desaparece. Lo que pasa hoy en el mundo no es solamente un sollozo en la historia de la sociedad del trabajo. Cada uno se agarra desesperadamente a los valores de ayer, aunque esté cada vez más claro que  éstos no corresponden a la realidad de mañana” [2].

No hay que seguir pues, advierte el sociólogo liberal, con las trayectorias ya experimentadas. La crisis del trabajo no se ha de leer de una manera consolatoria, como un apaño momentáneo y conyuntural de un crecimiento que, si no, sería ilimitado, sino hay que sacar todas las consecuencias de esta fase para diseñar desde el primer momento una realidad social basada en nuevos principios.

En esos mismos años, y de nuevo en territorio alemán pero en el frente socialdemócrata, le hace eco Oskar Negt, que se inspira en la crisis del trabajo para asignar nuevas tareas a los varios protagonistas sociales, encabezados por el sindicato. No es soportable, de hecho, el escándalo de una sociedad que “se arriesga a ahogarse en la riqueza y en la producción excesiva y, de la misma forma, es incapaz de asegurar a los millones y millones de personas el mínimo civil que les consienta vivir en condiciones humanas” [3]. De estas páginas también se extrae una invitación a cambiar de paradigma, a rechazar la actitud de los llamados realistas, que “siguen experimentando con la proyección del presente en el futuro, o con rituales fúnebres que mantienen el pasado alejado” [4]. Frente al simple y crudo hecho que los puestos de trabajo disponibles no solo son cada vez menos sino que muy pronto muchos de los puestos existentes desaparecerán por completo, se impone según Negt un cambio de perspectiva de 180 grados. La misma temporalidad cotidiana tiene que cambiar: si la jornada laboral durante siglos ha sido el punto de partida para la organización de la vida personal, en el futuro próximo la situación será invertida y será la vida personal que tendrá que establecer y valorar cuanto tendrá que ser de larga y como tendrá que ser la jornada laboral.

Cuando le tocó a Jürgen Habermas tomar la palabra en el debate, el filósofo interpretó el fenómeno social contingente del desempleo dentro del amplio marco de la historia moderna: “la idea utópica de una sociedad basada en el trabajo ha perdido su poder de persuasión no porque las fuerzas productivas hayan perdido su inocencia o porque la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción no haya llevado por si misma a la autogestión de los trabajadores, sino que esto ha pasado porque la utopía ha dejado de hacer referencia a la realidad” [5].

El rechazo de toda interpretación “minimalista” del desempleo masivo de los años Ochenta tuvo detractores también en Francia, sobre todo con la llamada escuela de la regulación y con su insistencia sobre la llegada de una nueva era de la sociedad asalariada. Hay además que señalar la lúcida utopía de André Gorz, que a partir de la disolución de las relaciones capitalistas llegaba a defender la llegada de una “no-clase de no-trabajadores”; con su crítica radical a la ideología del trabajo y la ética de la producción, Gorz interpretaba la llegada del desempleo como una crisis epocal: “la crisis es, de hecho, mucho más fundamental que una simple crisis económica y social. Es el derrumbe de la utopía sobre la cual han vivido las sociedades industriales desde hace dos siglos” [6].

La previsión de importantes y quizá decisivos cambios inminentes en los cimientos de la sociedad asalariada parece ser, en los años Ochenta, una especie de communis opinio de todos los intérpretes, o por lo menos de aquellos que parten de una posición crítca con respecto a la economía de mercado. La misma inspiración racionalmente utópica encontrará más adelante su expresión en el (muy cercano) bestseller del americano Jeremy Rifkin, con su profecía sobre el fin del trabajo: “después de siglos en los que se ha definido el valor del hombre en términos estrictamente productivos, la sustitución masiva del trabajo humano con el de las máquinas deja el conjunto de los trabajadores sin una auto-definición ni una función social” [7].

La llegada del precario

Las posiciones hasta aquí citadas se dividían en dos corrientes esenciales: por un lado los que proponían una amplia redistribución del trabajo disponible a través de una reducción generalizada de la jornada laboral; por el otro, los que deseaban el establecimiento de una medida de garantía de la renta independiente del trabajo, para quitarle drama al dilema del desempleo y para permitir, al mismo tiempo, la activación del individuo más allá de la esfera productiva formal.

Las políticas públicas que siguieron, como es resabido, dejaron de cumplir con ambas expectativas. Por lo que se refiere a la hipótesis de reducción del horario de trabajo, la respuesta ha ido en el sentido de una total desarticulación del mundo productivo organizado, sustituido precisamente a partir de los años Ochenta por una producción flexible, marcada por empleos temporales y precarios, con una altísima incidencia del trabajo autónomo [8].

En un contexto económico tan transformado y en un mundo del trabajo tan fragmentado la reducción del horario de trabajo por ley parece a día de hoy una hipótesis improbable, a causa del colapso de las condiciones estructurales para la programación de una intervención tan compleja de política económica. Los Gobiernos en cambio han avanzado a grandes pasos hacia la dirección de garantizar una renta independiente del trabajo, aunque con resultados desiguales y todavía incompletos en los varios Países europeos. Al lado de sistemas generosos (como en Escandinavia y en algunos países del norte de Europa) capaces de sustentar al indivíduo en las fases de transición laboral sin mermar su dignidad y su autonomía, se encuentran modelos de renta mínima más restrictivos en lo que se refiere a criterios de acceso (como en Gran Bretaña o en Francia), o incluso contextos en los que los legisladores han omitido por completo la instauración de herramientas de protección de la renta universales y básicas (éste es el caso de Italia)[9].

Por otro lado, incluso en los países en los que se tomó con convicción el camino hacia una renta garantizada, hay que registrar en época reciente el paso de unas políticas de welfare a unas políticas de workfare difundidas en todo el continente europeo, caracterizadas por unas obligaciones que empujan cada vez más a aceptar cualquier empleo a cambio de subsidios por desempleo cada vez menos generosos. Estos mecanismos han representado un intento de relanzar artificialmente la idea de pleno empleo. De todas maneras la desregulación del mercado del trabajo (incluso allá donde se ha combinado con la institución de nuevos recursos para tutelar la renta) no ha puesto arreglo a la grave crisis social inducida por la transformación de la sociedad salarial. Las voces que se alzaban en los años Ochenta a favor de un profundo replanteamiento de los fundamentos políticos de la sociedad europea, aún no han encontrado una respuesta adecuada, como por ejemplo podría haber sido un derecho a la renta a escala continental. Al contrario, la fase económica negativa de los primeros 15 años del siglo XXI vuelve a proponer el tema del desempleo en términos aún más dramáticos dado que al papel del “sin trabajo” se suma hoy el del “trabajador precario” y el del “trabajador pobre”, formalmente insertado en el sistema productivo pero igualmente expuesto al riesgo de pobreza y exclusión social.

Precarios de primera y de segunda generación

Los años y los decenios transcurridos desde el fin del régimen fordista sin que se pusiera una solución a la condición de los precarios no han sido sin consecuencias; la persistente inercia de la política en encontrar formas de reglamentación y de tutela social adecuadas a la llegada de la “producción flexible”, ha provocado el nacimiento de una nueva especie de precarios: precarios de la crisis, de primera y sucesivamente de “segunda generación” [10].

El paso de la primera a la segunda generación de precarios está marcado tanto por transformaciones objetivas de la esfera de la producción como por descartes a nivel subjetivo. La “primera generación” de precarios, los post-fordistas, se encontraban empleados sobre todo en el sector de los servicios y del trabajo inmaterial, marcando el final de la centralidad de la fábrica fordista y del trabajo dependiente, y realizaban en cierta medida una búsqueda consciente de una flexibilidad que pudiera ofrecer nuevas oportunidades profesionales.

Con razón de la cercanía histórica y social con el obrero fordista, la primera generación de precarios estaba dotada de una subjetividad política con la viva memoria de las garantías típicas del derecho del trabajo; no parecía ajena a la gramática de los derechos, de las tutelas, de las garantías del welfare sobre las que durante decenas de años virtió el discurso político del movimiento obrero tradicional. Había, para este precario de primera generación, una complicada búsqueda de equilibrio entre innovación en la esfera personal y búsqueda de garantías en el plano de la tutela colectiva. El prefijo post que le caracterizaba (postfordista, postindustrial, postmoderno etc…) da idea de la naturaleza aún anfibia de este sujeto.

Con el tiempo, sin embargo, la precariedad se ha generalizado tanto que se ha vuelto transversal al plano social y cultural, conquistando (o mejor, dominando) la totalidad de la mano de obra. A partir de los primeros años del nuevo milenio, casi 20 años después de su nacimiento, se puede hablar de una precariedad de segunda generación  para la cual parece no existir otro estado que esta condición que ya se ha hecho estructural y pervasiva del entero espacio-tiempo de vida. Para estos precarios, con respecto a los definidos como post-fordistas, no existe ninguna referencia al anterior sistema de garantías del trabajo; el fordismo y sus derechos son algo ya definitivamente superado incluso en el recuerdo y no constituyen de ninguna manera una referencia para las luchas del presente. Políticamente este sujeto de segunda generación no mira más a las tutelas del pasado, no lleva consigo ni siquiera el recuerdo del derecho del trabajo clásico.

Si el precario de primera generación todavía podía sacar ventaja de tener acceso, en primicia y muchas veces en exclusiva, a nuevos sectores productivos (como la informática, la comunicación, los servicios), el precario de segunda generación se enfrenta al problema de una economía en crisis, desvinculada del cuerpo social y sus necesidades reales, que no sabe bien qué producir y por qué producirlo, una economía para la cual no existen seguridades acerca de sobre qué fundamentar su acumulación de capital. La sucesión de políticas neoliberistas y de deregulation desde los años Setenta hasta el día de hoy (también en las relaciones laborales) han determinado una creciente fragmentación social y un progresivo aislamiento del productor. Hasta las redes de cooperación social ya no representan, para el nuevo sujeto, una protección frente a las incertidumbres del mercado. El contenido de la prestación laboral aparece sensiblemente devaluado y estandarizado; el conjunto de competencias tecnológicas e informáticas que un tiempo era exclusivo del productor freelance  ahora se ha masificado, reducido en módulos formativos homogéneos, devaluado según los criterios del mercado. De este panorama, surge un sujeto en crisis que ya no se limita a un sector productivo, sino que se extiende a la sociedad entera, paradigmático de la entera producción.

Lejos de los instrumentos comunes de las políticas del trabajo presentes en el territorio y poco involucrados en las iniciativas organizadas por las representaciones sindicales, hacen frente a esta especie de “privatización de los riesgos sociales” hacia la cual cada precario de segunda generación expresa toda su desorientación y su dificultad de reacción.

El precario de segunda generación es, en definitiva, un sujeto sensiblemente más pobre que su predecesor, sea desde el punto de vista político que desde el punto de vista económico. El contenido del trabajo se ha estandarizado, el nivel de las retribuciones ha bajado al nivel de la pura supervivencia, la capacidad reivindicativa parece adormilada por la aceptación de los hechos. El precario actual se ve expropiado de toda capacidad de proyección residua, vive en un eterno presente en el que “ahora es la palabra clave de su estrategia de vida” [11].

Por lo que se refiere al panorama italiano, los datos hablan de una mano de obra que ha perdido la fe, compuesta por cerca de 3 millones de under-30 en condición de total dependencia de sus familias de origen, en una especie de limbo existencial, que pasan de un contrato precario al otro, afuera de cualquier recorrido formativo o laboral. En esta que se ha definido como generación ni-ni (ni estudia ni trabaja) hay una mezcla de desencanto por la falta de realización de expectativas, de rabia hacia una condición social inaceptable, de pragmático rechazo de un mundo laboral que casi no deja ya esperanzas de éxito y de afirmación personal.

¿Precarios jubilados y futuros pobres? El caso italiano

Se remonta al 3 de octubre de 2005 la primera voz de alarma del Eurostat, que señalaba el riesgo de pobreza para las poblaciones europeas, y entre ellas Italia se presentaba con un dato previsional aterrador, es decir que el 42,5% de la población estaba en riesgo de pobreza en los años a venir [12]. Diez años después de esta nota del Eurostat todos los datos sobre pobreza y riesgo de exclusión social aumentan constantemente, y lamentablemente con toda probabilidad los años futuros traerán el fruto envenenado de las decisiones no tomadas. Podemos de hecho decir que hoy coexisten más generaciones víctimas de las formas de precariedad.

Nos encontramos ante un número de personas en notable aumento y que si habrán podido ahorrar algo durante la vida quizás tendrán de qué vivir, o si no serán la primera generación de nuevos pobres sin ninguna tutela. El punto es que haber podido ahorrar, para esta generación de precarios hoy que se encamina a la jubilación (por ejemplo la primera generación que hoy tiene entre 50 y 55 años), habrá sido poco probable dado que las condiciones de precariedad no permiten ahorrar.

A la primera generación de precarios se le requerirá una disponibilidad al trabajo permanente y para desempeñar trabajos cualquiera (por pura supervivencia) también en edad avanzada. Además llegará el punto en el que tendremos que tener en cuenta otro elemento: el fin del llamado welfare familiar, típico del contexto italiano, es decir que la falta de tutelas sociales se ha suplido en el pasado con una redistribución económica intra-familiar. El retraso acumulado por nuestro país en poner en marcha unos instrumentos de renta mínima garantizada universal, y el delegar en las familias el hacerse cargo de una redistribución económica en su interior demuestra nuevamente como el riesgo de pobreza se puede ampliar constantemente. Es fácil prever que el ahorro acumulado en años anteriores, especialmente por las generaciones a partir de la posguerra, será definitivamente gastado, y la redistribución intra-familiar sufrirá una crisis definitiva. Hijos y nietos ya no podrán contar con ese mínimo indispensable “regalado” por los familiares más mayores cuando los tiempos son más duros y viceversa los mismos hijos y nietos (precaros o ni-ni) no podrán sustentar a los familiares más mayores. Los precarios de primera generación no podrán sustentar a sus propios hijos.

El riesgo de encontrarse ante una “muchedumbre solitaria” de nuevos pobres ya está presente y donde no lo esté, está por llegar: pensionistas o ancianos de hoy, los precarios de primera generación (los que tienen entre 45 y 55 años), la generación ni-ni (entre los 14 y los 25), las mujeres con hijos, las familias con al menos dos hijos y un sueldo, los discapacitados, los afectados por incidentes del trabajo, los presidiarios o ex presidiarios, los inmigrantes, los obreros que ya no tienen trabajo, los informáticos que ya no están en el mercado laboral porque sus competencias no están actualizadas etc… están alimentando el ejercito de los sin derechos! El punto es: ¿como se piensa gobernar este riesgo de generalización de la pobreza? ¿Se gobernarán estos enclaves con la sola fuerza del orden? ¿Habrá permanentes guerras entre pobres? ¿Guetos permanentes en las afueras de las grandes metrópolis? O, al contrario, ¿se tendrá la visión de definir nuevos derechos para construir un nuevo sentido de ciudadanía?

El punto de la tutela de este “precariado social” es cada vez más ineludible. La ausencia de un apoyo económico adecuado como vendría a ser una renta garantizada determina que estos sujetos sean fácilmente chantajeables, y especialmente determina una renuncia forzosa al futuro para esos trabajadores precarios que viven en el umbral de la exclusión social. No es para nada alarmista la llamada de Guy Standing sobre el hecho que el empeño constante de la política en dibujar una estrategia para contrastar la precariedad pueda entregar la nueva “clase peligrosa” de los precarios a un “infierno” populista y neo-fascista. Habría que dibujar, en cambio, la que Standing llama una “política del paraíso” que tenga en su centro precisamente la instauración de una medida concreta y eficaz para garantizar la renta [13].

Difíciles escenarios para el futuro

Muy difícilmente los mecanismos espontáneos del mercado y la simple recuperación del ciclo económico podrán poner arreglo a una condición socal tan estropeada. La Osce, aplicando unos sistemas de análisis muy innovadores, ha publicado un informe que analiza las posibilidades de crecimiento a larzo plazo de los Países más industrializados [14].

En este estudio se revela, por ejemplo, que en la época 2011-2060 el Pib italiano crecerá en media solamente un 1,4% al año, a menos que no surjan factores de innovación radicales que a día de hoy son imprevisibles. Una tasa de crecimiento absolutamente insuficiente a reabsorber el desempleo inducido por la crisis económica de los últimos años. Una situación sustancialmente estacionaria caracterizará el resto de las economías industrializadas, con una Alemania estancada en un crecimiento del 1,2% anual y con una media del 2% para los países de la Osce.

Los análisis más acreditados no ponen al orden del día la eventualidad de un crecimiento capaz de relanzar a lo grande la acumulación y, de reflejo, el empleo. Por otro lado, los outlooks sobre la salida de la crisis señalan como sectores productivos del futuro aquellos que se prestan al máximo a la creación de mano de obra y de procesos productivos híper-especializados y de breve duración, o que de todas formas se caracterizan por una importante dosis de precariedad.

Entre los sectores sobre los que se jugará el éxito económico del próximo futuro están la investigación científica, la medicina aplicada (especialmente maquinaria para el diagnóstico y la creación de nuevos medicamentos), la difusión de la información, la tecnología de los materiales y de los transportes. ¿Esto significa que es lícito esperarse un relanzamiento masivo del empleo gracias a las inversiones en estas producciones? En una vertiente distinta, y por ciertos aspectos opuestas, casi anti-tecnológica, tienen una consistente posibilidad de crecimiento una serie de servicios personalizados y de proximidad relacionados con el cuidado, la alimentación, el bienestar y la socialidad (masajes, producciones agrícolas biológicas, organización de eventos a nivel local etc…). Pero ¿es sostenible pensar que una economía semi-informal de este tipo pueda generar empleos estables y con unas garantías adecuadas? No se puede dudar, a final de cuentas, que el futuro estará marcado por la precariedad existencial de los productores. Cualquier plan para la creación del trabajo tendría que poder enfrentarse de una manera consistente con estos ineludibles nudos estructurales.

Perspectivas políticas

El tema de la tutela de la renta se impone como un aspecto crucial e ineludible para salir de manera virtuosa de esta larga crisis europea. Y la opinión pública del continente demuestra ser, sobre este tema, mucho menos estática de lo que parecería. En los últimos tiempos se han sucedido una gran serie de iniciativas sobre renta garantizada. Para poner un ejemplo esquemático, en España a principios de 2015 se planteó una iniciativa de ley popular a raíz de la cual se puso en marcha una campaña de recogida de firmas para introducir una renta de ciudadanía “individual, universal, incondicional”. En Suiza se recogieron, en cambio, alderedor de doscientasmil firmas, necesarias para apoyar la convocatoria de un referéndum sobre la introducción de la renta de ciudadanía a partir de una propuesta que prevé que Suiza conceda 2500 francs suizos al mes a cada ciudadano mayor de edad.

A nivel de política continental, en cambio, cabe señalar la conclusión de la campaña para una “renta basica incondicionada”, lanzada hace doce meses por la ICE (Iniciativa de Ciudadanos Eurpeos, un instrumento que como es conocido permite presentar peticiones a la Comisión y al Parlamento europeos, con el apoyo de un millón de firmas de ciudadanos de la Unión). La campaña se ha concluido, lamentablemente, sin éxito, aunque se alcanzó el notable resultado de 285.042 firmas de ciudadanos europeos en los 28 países.

Asimismo, hay propuestas interesantes que están surgiendo en algunos países europeos relativas al relanzamiento de una renta mínima garantizada pero con menos condiciones y restricciones, como por ejemplo en la propuesta de la región francesa de Aquitania [15], en las propuestas de numerosos ayuntamientos en Holanda [16] sobre una renta mínima incondicional, o las propuestas que vienen de Finlandia [17] que demuestran que hay un debate mucho más amplio sobre renta garantizada [18].

En Italia está depositada en el Parlamento una propuesta de ley de iniciativa popular desde el 15 de abril de 2013 [19] que fue apoyada a lo largo del año anterior por más de 60.000 ciudadanos y por más de 170 asociaciones, comitados, partidos políticos. La ley se inspira en lo mejor de cada País europeo en materia de tutela de la renta y se pone en la línea de las indicaciones proporcionadas por el Parlamento europeo en la resolución del 20 de octubre de 2010 “sobre el papel de la renta mínima en la lucha contra la pobreza y la promoción de una sociedad inclusiva en Europa”.

En la primavera de 2015 ha tomado pie en Italia otra campaña de recogida de firmas (se recogieron más de ochentamil) llamada “100 días para una renta de Dignidad” [20]. En los textos de presentación de la iniciativa se señalaba el empeoramiento de las condiciones sociales y económicas para amplios sectores de la sociedad italiana debido a la gravedad creciente de la crisis, pero sobre todo se hacía hincapié en la urgencia de establecer una medida para garantizar la renta.

Esta campaña asignaba a los promotores un plazo preciso para ponerse en marcha, 100 días, pero al mismo tiempo imponía a las instituciones debatir e introducir una ley sobre la renta mínima garantizada en el mismo plazo de tiempo. En esta segunda campaña social los participantes en la recogida de firmas fueron aún más. Participaron no solamente centenares de asociaciones, sino que también instituciones locales, alcaldías, juntas municipales de todo el país, sindicatos y estudiantes. En la iniciativa, donde la asociación “Libera contro le mafie” tuvo un papel protagonista, participaron también un conjunto de realidades sociales extremadamente “transversal”.

Desde los católicos hasta los estudiantes, desde las realidades de lucha por los derechos sociales a las que luchan contra la pobreza, desde los partidos a las organizaciones locales. Es decir, podríamos atrevernos a hablar de una transverdalidad “popular”, que ha servido también como medida de las condiciones de dificultad económica que se denunciaban paso a paso, y que ha puesto en relieve también como el tema de la renta mínima garantizada ya es algo que miles de personas han hecho suyo, las mismas personas que se han movilizado para esta campaña. La plataforma de la campaña, articulada en 10 puntos, expresaba claramente algunos conceptos de fondo para la deseada definición de una ley.

Se pidió, además, un compromiso ad personam a los parlamentarios de los distintos grupos políticos a partir de su firma en esta plataforma, para favorecer la unificación de las distintas propuestas de ley depositadas [21] y de esta manera poder “unir” las fuerzas políticas alrededor de una propuesta única. En este sentido la campaña de los “100 días para una renta digna” ha querido marcar el paso, intentar dar un salto hacia delante, definir una propuesta y llegar por fin a que sea reconocido e institucionalizado un nuevo derecho en nuestro país. Desafortunadamente el Gobierno italiano parece reticente a emprender este camino. La presión de la crisis y el estado de madurez del debate son objetivamente unos puntos a favor en la batalla para la renta garantizada. La política de cada Estado nacional, sin embargo, parece ser todavía dramáticamente débil e incapaz de tomar decisiones valientes y sobre todo no hay señales claras por parte de las instituciones europeas sobre una medida que incluya a todos los ciudadanos del continente. La Unión europea debería tomar iniciativa con fuerza en el sentido de la tutela de la dignidad y del “derecho a existir”. Una renta garantizada y un sistema de tributación sobre las transacciones financieras a nivel continental: ¿podría este binomio ser la base para la construcción ya indispensable de una Europa social? Nosotros quedamos a la espera.

 

Luca Santini, Presidente BIN Italia

Sandro Gobetti, Coordinador BIN Italia

 

Traducion Gianni Belletti

 

Notas:

[1] Este dato y los siguientes han sido extraídos de la base de datos de contenido macroeconómico AMECO, publicado por la Comisión europea.

[2] R. Dahrendorf, “La sociedad del trabajo en crisis” conferencia de enero de 1986, incluída en el volumen El nuevo liberalismo, Laterza, 1988 (edición original alemana de 1987).

[3] O. Negt, Trabajo vivo, tiempo muerto. Dimensiones políticas y culturales de la lucha en torno al tiempo de trabajo, Ediciones Lavoro 1988, p. 7 (edición original alemana de 1984)

[4] Idem, p. 136.

[5] J. Habermas, La nueva oscuridad. Crisis del estado social y agotamiento de las utopías, Ediciones Lavoro, 1998 (edición original alemana de 1985).

[6] A. Gorz, Metamórfosis del trabajo: búsqueda del sentido. Crítica de la razón económica. Bollati Boringhieri, 1992 (edición original francesa de 1988).

[7] J. Rifkin, El fin del trabajo. El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado, Baldini&Castoldi, 1995 (edición original del mismo año).

[8] La llegada de la precariedad encuentra obviamente refuerzo también en el debate teórico y sociológico. De los autores enfocados sobre el tema del “trabajo que falta” se pasa en los decenios siguientes a los autores que estudian “el trabajo que se transforma”. Algunos nombres entre todos: Ulrich Beck, Zygmunt Baumann, Manuel Castells, Richard Sennett.

[9] Para una reconstrucción completa sobre los sistemas de protección de la renta en Europa, véase la publicación del BIN-Italia, Renta mínima garantizada. Un proyecto necesario y posible, Ediciones Gruppo Abele, 2012.

[10] Por primera vez hemos hecho referencia a la noción de precario de segunda generación en S.Gobetti, L. Santini. “La necesidad de la alternativa. El precario de la crisis y la renta grantizada”, pp 46-57, en la publicación del Basic Inome Network – Italia, Renta para todos. Una utopa concreta para la era global, Manifestolibri, 2009. Sobre el mismo concepto véase también, en la misma publicación, A.Tiddi “El umbral crítico de la renta de ciudadanía”, pp. 223-229.

[11] Z. Bauman, Modernidad líquida, Laterza, Roma-Bari 2008.

[12] Eurostat 3 de octubre de 2005

[13] G. Standing, “El precariado: ¿de denizen a ciudadano?”, contenido en las actas del meeting del BIN-Italia Bella, desarmante y simple. La utopía concreta de la renta garantizada. Véase también, para más detalles, Guy Standing, Los precarios. La nueva clase peligrosa, Il Mulino, 2012, ya publicado en inglés con el título Guy Standing, The Precariat the new dangerous class, Bloomsbury 2011, o también el libro de A. Tiddi Precarios, recorridos de vida entre trabajo y no trabajo, Derive Approdi, Roma 2002.

[14] Organisation for Economic Cooperation and Develompent (OSCE),  Looking to 2060: long-term global growth prospects, 2012

[15] El Consejo Regional Aquitania ha aprobado unos proyectos piloto para testear la introducción de una “RSA incondicional”. El Revenu de Solidarité Active o RSA es el instrumento del que actualmente se dispone en Francia para la renta mínima garantizada, que prevé un means test para poder tener acceso. La incondicionalidad propuesta sobre esta medida del RAS comportaría en la práctica el fin de la condicionalidad al trabajo como requisito para poder acceder a la renta mínima y haría esta medida menos discriminatoria y menos burocrática. (Extraído de www.bin-italia.org).

[16] En Holanda están aumentando los proyectos piloto de numerosas organizaciones locales para estudiar la introducción de una medida de renta mínima garantizada e incondicional. Hay más de 30 municipios holandeses que están valorando esta posibilidad. En especial la ciudad de Utrecht, la cuarta ciudad más poblada de los Países Bajos ha recientemente  llamado la atención a nivel sobre todo internacional por garantizar una renta básica incondicional a sus residentes. (Extraído de www.bin-italia.org)

[17] Antes de las elecciones políticas de 2015 se abrió un gran debate entre todas las fuerzas políticas finlandesas para llegar a definir una propuesta de renta mínima incondicional en el país. Esta propuesta es ahora parte del programa del Gobierno. (Extraído de www.bin-italia.org)

[18] A este propósito se puede seguir el debate propuesto por la red mundial para la renta básica (BIEN) y de la red europea UBIE.

[19] Para más información, véase la página web www.redditogarantito.it o www.bin-italia.org

[20] Para más información, véase la página www.campagnareddito.eu o www.bin-italia.org o la web www.libera.it

[21] En esa fase había hasta dos propuestas de ley debatiéndose en la Comisión para el Trabajo del Senado, una con firma Movimento 5 Stelle y una con firma Sinistra Ecologia Libertà.

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